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09393 (01.02.2026 - 02.El Hombre de Las Quinolas
La desaparición de María Ivorra Giner
en 1736)
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Para Juan Salvador Arnau de Primitiva la desaparición de María fue un alivio como lo fue la lluvia (año de 1752); se dulcificaban las gotas, la masa de tierras adquiría una densidad que no cabía equivocar con una tierra apiñada, y de pronto todos en aquellos pagos parecieron olvidar la blanca tierra cuarteada. Todo, en aquellos tiempos era cerúleo. Labraban la tierra cuatro o cinco veces, la surtían de abono y la volteaban dos veces más, uniendo la superficie de la tierra con tablas, rechazando el uso de rastrillos. La simiente de la barrilla en tierra en los meses de enero y febrero, y a esperar que al cielo le sobrase agua. Juan Salvador tuvo que reparar su casa, trocear el algarrobo santo para leña y llenar de tierra el lugar que el árbol ocupara; hubo división de pareceres, pues los había que creían que el hoyo tenía que haber sido conservado para gloria de la Virgen del Rosario, apaciguando los ánimos don Anastasio diciendo que la virgen estaba a buen recaudo en el templo, y que esto era lo importante.
Juan Salvador había heredado de su padre Juan Arnau y de su tío Jesús Salvador; era hijo de Primitiva La Bruja y estaba casado con Magdalena Ivorra de Clotilde; tenía a su cargo una extensa heredad en las tierras del Río, desde la casa del Arroyo de Abajo, por toda la margen de Aguas Bajas, al paraje que llamaban Las Churrutellas; desde el Espino las tierras, sino de derecho si de hecho, parecían de dominio de los Araciles, que desde antiguo, allá por los principios del siglo XVII y tiempos de Pere Arnau, las trabajaban y las habían trasmitido de padres a hijos, de modo que aquellos miserables de la barrilla, luego jornaleros del esparto y finalmente incipientes campesinos de los Arnau, eran, al tiempo que corría, pequeños labradores que insistían en firmar con el amo.
Con los Araciles tuvo encuentros, en ocasiones, desastrosos, Pere Arnau, abuelo del casado con Magdalena Ivorra de Clotilde, quién hubo con ellos, en ocasiones, que emplear vara y arrasar opiniones. Antiguos pescadores de la Isleta de El Campello fueron los Araciles a tomar estado con parte de los extremeños que sentaron sus campamentos a la orilla de los mares, donde supervivían olvidados del mundo entero, separados de la Villa Joiosa por las estribaciones de la Cordillera de Aguas y tan lejos de Alicante que nadie, por aquellos terrenos pasaba que no fueran indeseables y buscadores de la nada. Lo ruin del lugar se pegaba al carácter de sus gentes, que aparecían como desheredados del cielo, pues no constaban, según decían, sus nombres en las listas de Dios que contenían a cuantos el altísimo enviaba a la tierra. Nadie con ellos entroncaba, y si alguno escapaba de aquellos sitios era para terminar de bandolero, criminal o carcelario.
Sin embargo, la fama de los enredos trueca que es cosa notoria, la amnesia de unos deja en paz las desdichas de otros, y es en estos periodos que el provecho en el cambiar de la imagen contribuye a no sufrir hervencia; toleró el primero de los Araciles, cuentan que mucho tiempo atrás, y como parte del legado de la familia, un sueño un día cada año, que trasmitía, hallarse dentro de una caldera cocer su cuerpo, mientras eran sus miembros colgados en lugares públicos, de muchas gentes llenos, en lugares de fácil acceso para tullidos, cojos, viejos, obesos y recién nacidos. Los años, pues, ayudaron a los Araciles a mostrarse como humanos que eran, a señalar los labrantíos de los campos yermos, a distinguir a la bestia de los hombres, a integrarse en el mundo de las verdades, de las vanidades, de las soberbias y de las necesidades; la cabaña de toscas piedras y hojarasca trasmuto en un techo de troncos, de ramas cruzadas y paja aprisionada con yeso, mientras la cal impedía el acceso de Satán al recinto sagrado de la familia cristiana que, poco a poco, fueron los Araciles; un domingo uno de ellos dispuso a toda la casa camino de la Iglesia de la Torre, de la que decían sería de nueva planta, y aquel día, dicen, los Araciles fueron personas que comenzaron por dejar de llamar a los Arnau "amos".
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