jueves, 20 de agosto de 2026

09720-50.AGUAS ALTAS Y BARAÑES: 01.El balneario

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         En mayo (año de 1878) se presentó a tomar las aguas un conde con su esposa; al parecer, como ya era notorio, la esposa tenía recibida la noticia de que existía en Alicante un lugar privilegiado donde acudían otros miembros de la nobleza; el lugar era un espacio espléndido para recabar informaciones y secretos para invertir como para conocer a personas venidas de otros lugares, y fue por esto que, viendo las mejoras que le relataban sucedían en el pueblo en cuanto al hecho turístico, entró en su conocimiento el comprar tierras o bien llegar a un acuerdo con algún paisano de posibles para alcanzar las ideas que estaban bullendo en su cerebro, siendo con esto que le hablaron de dos labradores de altos vuelos, los cuales llevaban algunos años comprando cuantas parcelas estuviesen a su alcance. Comprobó que las viviendas de ambos presentaban sendas casas de planta baja y dos pisos, supo que tenían ambas habilitadas para carros y animales en la planta baja, dedicaban la planta superior para almacenar cosechas y sus viviendas estaban en la planta intermedia. Le indicaron al conde que uno era don Ramón y el otro don José, a los que se referían como amos, que el primero era el suegro del segundo y que el segundo recibiría todo el patrimonio del primero a su fallecimiento. “Esto es lo que busco” le comentó a la condesa y esta le ánimo, sin que sintiera interés ninguno, a que iniciase las conversaciones ya que las mismas llevarían su tiempo y requerirían de una mayor permanencia en el balneario. 

Recibió don José Ivorra Ivorra una nota del conde invitándole a una comida durante la cual podrían ver la posibilidad de realizar algún que otro negocio; consultó con el padre de Vicenta y don Ramón le previno de estas gentes de la nobleza de la capital más llevados por sus palabras y especialistas en el engaño. Como era en el balneario el encuentro, prestó don Ramón a su yerno de un traje de burgués y le recomendó que acudiese sobre un caballo, y del tal guisa acudió a la reunión, preguntando en la recepción del hotel por el conde, el cual acudió, al cabo de unos minutos, saludando efusivamente a don José, llevándolo a una de las estancias del establecimiento donde se acomodaron en unas enormes butacas y pidieron algo de beber, lo que introdujo en don José, que no sabía ni leer ni escribir, cierta prevención ante todo aquel boato emanado del conde, pues era la primera vez que un noble lo trataba como a un par. Todo en el interior es recio, robusto, artístico y, esencialmente, bello, envuelto en un halo de tranquilidad y especial sosiego, sintió don José. Circulaban por la espléndida sala caballeros y señoras de buen ver, ataviados con ropajes que, pensó don José, debían de costar una fortuna, en tanto él estaba dispuesto en un traje prestado. De todo esto se percató el conde, quien empezó alabando a aquel labrador que más bien parecía estar como un conejo rodeado de lobos. La condesa apareció poco después y se sentó con los dos hombres 

- ¿Y su señora esposa?

- Pues -dudó Don José- No sabía que tenía que venir

- Es una lástima; me hubiese gustado conocerla. Será en otra ocasión

- Será -señaló el conde-

- En tal caso les dejo -se levantó- Y no olvide traerla en la próxima ocasión. 

El conde se explayó en pequeñas alabanzas sobre el propietario de Aguas, el clima de la zona, la bonanza del lugar y el futuro que les esperaba a los dos si llegaban a un acuerdo. Primero quiso saber de qué tierras disponía, a qué las dedicaba y cuántos jornaleros trabajaban para él, titubeando en las respuestas don José ya que no estaba habituado a semejante lenguaje que le resultaba más bien finolis, pues el Ivorra trataba y cerraba los tratos con palabras más directas con los campesinos a los que compraba tierras y con los jornaleros que trabajaban para él. Era evidente que los límites del mundo de uno y del otro eran diferentes pues los límites de sus lenguajes no coincidían. Varios caballeros que pasaban se detenían y saludaban al conde, entablando leves conversaciones que a don José le sabían a menucias sin interés alguno, lo que incrementó en el Ivorra cierta incomodidad por no saber cómo actuar cuando el conde le presentaba. No pasó mucho que se dirigieron al comedor, cruzándose con tres señoras sentadas en una mesa, una de las cuales era la condesa. De seguido un camarero de cierto postín los llevó a una mesa; pidió el conde al observar que don José no acertaba con la carta, y ya con el primer plato fue el conde quien fue al grano del asunto diciendo que quería comprar tierras, a lo que don José Ivorra contestó que las tierras eran su sustento y el de su familia, que ya se componía de cinco hijos, pero que estaba en la idea de escuchar al conde, añadiendo, ahora con aplomo, que con la llegada de tanto forastero el valor de las fincas había crecido, y que cada vez era más complicado comprar a los bajos precios de antaño, intuyendo que el conde perdía interés, el cual con el segundo plato se animó a exponer la parte siguiente de su plan, que consistía en ser socios, él con dinero y el terrateniente con tierras, siguiendo la vía de aquellas casitas que se alquilaban al sur y frente a la fachada principal del establecimiento, aclarando don José que aquellas viviendas eran de la propiedad de su suegro, incitándose el conde a saber más sobre don Ramón. 

- No creo que mi suegro las quiera vender pues tiene alma de comprador, no de vendedor

- ¿Y esa casa que está en el alto, frente a las casas de su suegro?

- Esa es la casa de El Alted; es de mi suegro

- ¡Oh!

- No creo que la venda

- Ya veo; ¿le parece bien lo que ha tomado?

- Le confieso que para mí es extraña esta forma de preparar la comida; está bueno. 

- Me alegro que le haya gustado -el conde se levantó, don José le siguió - ¿se pensará lo que hemos hablado?

- Lo haré

- ¿Hablará con don Ramón?

- Hablaré

- Le acompaño a la puerta; espero sus noticias -dijo el conde sin apenas convicción-

Todo esto, aquella misma tarde, se lo narró a su suegro

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