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08978 (21.04.2025 - Tecla y Ramón en La Cogolla)
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09261 (18.11.2025 - Manuel Ivorra de Sexona y El Partenón)
En Alicante, contaban los más sabios de la ciudad, nevó allá por el año de mil seiscientos veinticuatro, y en este año que trascurre cayó en grandes copos y fue la admiración de todos los vecinos.
En estos días de nieves, sintiéndose mal, recordó Primitiva de Glauca que tenía guardado el cofre que le diera su hermanastro Cristóbal para entregar a sus herederos
- Mi hermano Cristóbal me dejo, poco antes de morir, para sus herederos un cofre -dijo a su hijo Juan Salvador Arnau- y este cirio. En dicho cofre debía de guardar la pipa y el tabaco, la piedra, la charamita y la espada. Tras la muerte de Cristóbal se lo quise entregar a Carlos Ivorra, pero lo rechazó. Toma, Juan, la herencia "de los Ivorras", que tu, Juan Arnau, eres, sin duda, el heredero de Cristóbal Ivorra. Quiero, en especial, que comprendas el secreto de este cirio que aun pareciendo semejante a los demás no lo es. Es una cera de vida y muerte, un pacto de dolor que acompaña al heredero; la seguridad de los muertos depende de su cuidado. Veras..., todos los que fueron de esta familia viven hoy alegres en el cielo, porque no existen pruebas en el cielo que haya un pacto con el Hombre de Las Quinolas. Si se descubre el contrato, todos los muertos serian expulsados del cielo y enviados al infierno.
- Madre, yo no soy un Ivorra
- No lo eres, pero guarda este arcón, pues si lo guardas, este arcón te dará la heredad de Los Ivorras. Y si lo que contiene lo expones por tu casa, esa herencia te llegará.
Y esa misma noche, no hallando vela para iluminar el cuarto de Primitiva, fue Magdalena quien encendió el cirio de Cristóbal, disponiéndolo sobre la mesita de noche de la mujer. Al alba, consumida la cera, encontraron muerta a Primitiva.
La cosecha fue excelente, y por San Miguel se pudieron hacer los pagos por censos y luismo, y aún reservar buenos dineros para épocas de carestía
- ¿Qué sucede que vienes contento? ¿Ha sucedido algo bueno en Busot? -le preguntó su madre Magdalena Ivorra de Clotilde a su hijo Juan Arnau. Y resultó ser que Don Pablo le dijo que era él quien más pagaba de los pagos de Aguas y Barañes, lo que daba idea de su valor y potencia, de su importancia.
A partir de octubre llegó del norte un viento frío que superaba las cumbres de la Sierra del Hombre, del Ginebral y del Cuervo, de modo que a partir de media tarde empezó a ser un imposible caminar por los campos. Unas nubes se pararon y se fueron cargando de una oscuridad infinita; llovió una fina agua que calaba en todo cuanto mojaba, era un agua casi congelada que arrecía a todo ser. En el interior de las casas solo se podía estar junto al fuego del hogar, de manera que pasar a las alcobas era un tormento. Dos días duró la nieve; desde el mediodía del tercero el suelo recuperó su color ordinario. Los amaneceres se humedecían, gotas de agua, venidas del cielo sin que en aquellas nubes a la vista se viera, enfriabánse en el aire, liquidándose de seguido, caían sobre las cosas de la tierra, y todo en el aire era más frío. Algunas auroras toda esa agua se congelaba y una escarcha cortante dominaba en todo sitio. Pareció mejorar en enero (año de 1753) y aún más muy entrado febrero el cielo se fue poco a poco iluminando, de ahí que fuera posible abrir surcos en los bancales y preparar el terreno, de manera que se plantaron vides y olivos, y se procedió a diferentes podas. Los tiempos, sin duda, habían cambiado. Las nieves de aquel invierno activaron los afloramientos naturales del agua, y un río de agua transitaba por el seno del barranco de Barañes. Carlos Ivorra puso arreglo a la noria que existía a la cabecera del barranco, alargó las acequias que de allí partían por los bancales de La Cervera, y contrató en Alicante la compra de cuatro mulos, extendiendo los dos bancales que corrían por detrás de la casa de Barañes en dirección al Rincón de la Abuela, aumentando el número de algarrobos. Entre la casa de Barañes y los bancales de algarrobos, hizo levantar un cuadra con el material abandonado en Marchená, que disponía de dobles filas, orientada al oriente, ventilada con ventanas a cierta altura, que renovaban el aire viciado y daban luz a la estancia; el piso lo elevó por encima de la nivel del suelo, dos largos pesebres y unos rastrillos completaban la cuadra, con perchas y casares, donde dejar arneses, y un camastro destinado al que debía pasar allí la noche al cuidado de las bestias, dos de los cuales eran mulas. Dos muchachos de los Giner y dos muchachas del Madroñal pasaron a su servicio. Al concluir las obras siguió con otras en el Marchená, donde levantó un pequeño lagar. No sudaron aquel año en los campos, ni tan siquiera en los duros meses del más profundo verano, que parecía el sol destinado a extinguirse. En octubre el Pago de Barañes conoció su primera vendimia. Puestos los racimos de uva en cestones, cargaban éstos en las mulas, animales sobrios, duros al trabajo, de fuerza extraordinaria, poco sujetos a enfermedades, dados a calores, desconocedores del frío, puestos a la silla, a la carga o al arrastre, las mulas son cuidadosas en no abandonar su decoro.