DOCUMENTO ANTERIOR
09045 (31.05.2025: Año de 1753)
DOCUMENTO POSTERIOR
09278 (26.11.2025 - La Ley del Orden)
Fue Catalina, ya con veinte años, la que llamó la atención de su padre
- Padre -señaló- un jinete.
Se llamaba Manuel Ivorra de Sexona; verdad que fue herido y al ver a la muerte junto a él, encargo a un soldado que llevase las armas del abuelo de regreso a su casa en Barañes, pero la muerte se fue. No sabía Manuel a dónde, pero si sabía, porque así se vio, que mientras tallaba a la virgen, ésta le tomó de la mano y lo sostuvo junto a la vida, más, al despertar, el soldado ya hubo partido y con él las armas del abuelo. Recuperado volvió a la lucha, y en la lucha halló más vida y esperanza de jamás no morir. “Vencí a la muerte” dijo, “vencí”; en aquellos años, dijo, llegó a Roma y luego a Milán, alistándose en los Dragones Rojos de Visconti, y de allí partió a la guerra contra el turco. En Grecia, con una pequeña partida, llegó a Atenas y en esta ciudad vio como los venecianos de Morosini destruían un edificio, situado en lo alto de una montaña, al que llamaban Partenón, del cual se desprendió el techo, muchas columnas y todo el interior de la casa; allí, en un lance, padeció daños en la mano izquierda y decidió volver a Barañes, y en esto fue que enseñó su maltrecha mano.
Lorenzo lo abrazó con la furia desmedida del padre que ve recuperar a su putativo hijo; luego narró la muerte de su madre Antigua, así como el lugar dónde descansaba.
- Está en aquel rincón que forma aquella vaguada
Manuel pidió quedarse solo; y lagrimó sobre la cruz
Sin embargo, aquellos días de recuerdos y reputaciones resultaron un alivio para el alma descompuesta de Manuel Ivorra de Sexona que pronto, cuando pudo retornar de la muerte de su madre, resulto ser una atracción en la inmutable vida de aquellos pagos.
Contó, en repetidas ocasiones, que cayó en la multitud de una batalla, que se sintió más cerca de la muerte que de la vida, y que entregó las armas del abuelo a un compañero de armas para que las llevase a Barañes, pero no menos cierto fue que sus heridas se cerraron como por milagro al presentarse ante él la Virgen del Rosario, y que en cuanto estuvo con fuerzas emprendió el camino de Barañes
- Manuel…
- Si, padre.
- Tómalas…, son tuyas
Descolgó de la pared las armas del abuelo, las besó, y de seguido juro honrarlas con la misma muerte.
- Gracias -dijo-
Acudió a la pequeña iglesia de aquellos pagos, donde don Luis lo recibió con honda alegría al conocer las citadas hazañas, y todos sintieron admiración por aquel héroe que había dado aquella tierra
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