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06539 (18.08.2021 - Los bereberes)
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08809 (23.01.2025 - 02.El Botánico)
Supo por don Cesáreo de la llegada de un botánico al que debía de acompañar al Rincón Ancho, donde tomaría acomodo; eso era todo.
Estaba interesado en el agua.
Por considerarla el elemento vital de la naturaleza.
Dijo que no rechazaba los otros elementos por los que sentía honda consideración, pero era el agua el primero y principal y aquel que despertaba instintiva necesidad en el hombre. Significó que si algo nos distinguía y separaba de Dios era precisamente el agua, ya que siendo nosotros, como éramos, llenos de agua, era Dios un espíritu puro, de modo que no constaba escrito que contuviese agua ningún espíritu, ni menos uno puro, más que era precisamente el concepto de pureza del espíritu y del agua lo que nos enlazaba como hijos de Dios en un mundo de materia. Seguíamos dos caminos, que era el uno y más importante la fe y la revelación, que era el segundo la razón y la observación por los sentidos. No estaba en su ánimo resbalar por una pendiente dilucidadoria entre la razón y los sentidos, que, si bien era cierto que en la naturaleza se adivinaban cambios, ya que la observación así lo ponía de manifiesto, no era menos cierto que eran cambios entre la proporción en la que intervenían los cuatro elementos en el contenido de las cosas. Dios nos enseña con la revelación que nada en él cambia, y con la observación nos enseña que todo es objeto de cambio, de ahí que podamos distinguir entre el bien y el mal sobre un concepto natural de la naturaleza.
No alcanzó, Cristóbal, a entender cuanto de la boca del botánico escuchaban sus oídos.
Y siguió diciéndole: es naturaleza todo cuanto vemos; los árboles, las hierbas, cualesquiera de los animales, tanto los que el hombre guarda como aquellos que galopan libres, esto es, alejados del hombre, todo esto más el aire invisible que cobra vida como un fantasma, la centella que alumbra el firmamento, el trueno que golpea nuestros oscuros sentidos, todo esto es la naturaleza. Nos admira de la naturaleza el cuidado que de todo lo viviente tiene, de aquí que, como criaturas suyas que somos, nos ame y alimente, nos cuide y proteja, y por ella nos sintamos vivos y con deseos de continuar estándolo; sin duda debemos nuestra existencia a la naturaleza, sin embargo... ¿y la naturaleza?, ¿a quién debe su existencia la naturaleza? ¿Piensas que a Dios?... y no te equivocas, porque Dios es el creador del cielo y de la tierra y de todo cuanto existe en el firmamento. Mírala..., solo es agua dentro de un vaso, agua que yo derramo, ¿lo ves?... y bien sabemos que por ella cualquier ser en esta tierra sería capaz de matar, capaz de perder la dignidad, capaz de arrastrarse a lo más profundo de las iniquidades, y hoy, yo, la derramo. ¡Bien! Me interesa el agua, lo único que realmente interesa al hombre, a los animales y a las plantas; el resto de las cuestiones que despiertan interés en los seres vivos nacen cuando el agua puede ser despreciada como hice yo apenas hace un momento.
Se detuvo; parecía Cristóbal no entender.
Y dijo: he oído hablar de unas bocas del infierno que nacen en estas montañas, y vengo a su contemplación y estudio, y espero que alguien de conocimiento del terreno me acompañe a su entrada.
- ¿Qué te contaba que con tanto interés escuchabas?
- No lo sé
Sin duda era memo aquel su marido, pensó Clotilde.
Escuchaba..., ¿para qué?
Paso la primera noche acogido en la casa de Barañes, tomando la alcoba de Magdalena a su gusto; cenó en abundancia, que según dijo en los últimos tiempos sentía mucho apetito, lo que llamó la atención de Cristóbal, que se interesó en saber como era que no echaba barriga alguna, levantándose de hombros el botánico, mostrando que era aquello algo que no le preocupaba.
- No está en el natural de las cosas el comer y perder peso.
Al amanecer salieron, siguiendo por el camino de Bosot hacía el Rincón Ancho, donde llegaron en absoluto silencio. Acompañaba al botánico un mancebo al que llamaban Demetrio, que cargaba un bulto.
Allí les dejó Cristóbal.
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