DOCUMENTO ANTERIOR
09278 (26.11.2025 - La Ley del Orden)
DOCUMENTO POSTERIOR
09300 (10.12.2025 - Primitiva y la muerte de Glauca)
Cristóbal Ivorra de Glauca ya cumplidos los veinte años, quedó, en ocasiones y en los siguientes días, prendido de la espada de Ivorra de Flandes, tomándola y saliendo al campo; por el camino a Cobes, seguíanle hombres de armas a su servicio, fieles y leales, aguerridos en el Sacro Imperio, que de él habían oído decir enseñaba a los más sabios, prudentes y valerosos; en sus corazones prendía, azul y oro, el estandarte de la osadía. Mandó, al punto que llegaron, quedasen todos acampados a su espera, mientras él por entre lo profundo de la hondonada partía a cumplir con la divina misión que se le encargara. El sol cayó al punto que Cristóbal llegará, tornándolo todo oscuro, sin luna ni estrellas que lo alumbraran. Bajose de la bestia, junto a una charca donde el animal se parará, y puesto sobre la húmeda tierra, cerró los ojos. Le pesaba el pecho, los hombros y aquellos poderosos brazos, y sin que pudiera atestiguarlo pasó de despierto a dormido. De la mar un brumazón casabase con el vaho de la hondonada. Cristóbal, envuelto en aquella neblina, tornose en guardia, todo el silencio posible gravitaba sobre su alma. Una cueva se abría ante él, y en el centro de la misma pudo ver un pedestal con la figura de una mujer, cargando unas espigas de trigo en una mano y una antorcha en la otra; detrás de lo que pareció una diosa, en lo más cóncavo del hondo un rayo de negra luz cruzaba suspendido, un sonido impreciso, semejante al de una mujer en celo, salía del agujero. Cristóbal, desprovisto del pesado equipaje del guerrero, rodó desde donde miraba al centro mismo de lo profundo, allá donde el impreciso sonido era, sin duda, el de una mujer. Una sombra, en lo oscuro, se movía, más no advertía cuerpo alguno que diese lugar a la sombra. Tomar la empuñadura del hierro, liberar la vaina, tomar a la sombra y sujetarla con la punta del filo, fue todo una en la acción de Cristóbal. Un suspiro de mujer devolvió al guerrero el afán del sosiego; supo, por ella, pues la sombra, aún no teniendo masa, le decía que aquella caverna era su refugio, pues de los hombres huía, que estos la tuvieron repudiada. Su esposo, añadió, hacía de ella un uso abusivo, pues siempre aprovechaba su perezoso virgo para forzarla. Un día tomó de la estancia el tesoro de su esposo, salió en la noche de la casa y cabalgó sobre un mulo hasta aquella hondonada, rogando al Señor borrase la sombra que le acompañaba, que aquella luz de su cuerpo la delataba a los ojos de su esposo. Hacía de esto más de trescientos los años, dijo. Estaquillada en aquel lugar, guardado el tesoro y puesta una tabona a la entrada de valle, vivió dichosa de todo virgo alejada. Más, no paraba alterada, su celo resuelto a traicionarla, en el sueño de una noche.
- ¿Quién es?
- Es Ceres
- Antes miraba hacia afuera
- Cierto
- Mira ahora dentro; ¿cómo es posible?
- ¡Mírala!, es Ceres la que ha de guardarnos en esta cueva. Soy la princesa que hechizada habita esta cueva en sus antros misteriosos. Ven conmigo a mi esplendida morada y seremos en ella muy dichosos. Ven a dormir entre mis blancos brazos, ven a yacer sobre mi blanco seno y soñaras prendido en estos lazos, otro mundo mejor de hechizos lleno.
Cristóbal, henchido de grandeza, se opuso a la presencia de aquellos dos guepardos que salían del fondo del cuévano; levantó el filo y se dispuso al combate.
- ¿Qué haces? -preguntó un guepardo-
- ¡Esta cueva es de mi princesa! Está tonto -dijo el otro guepardo-
- ¡Alejaos! -gritó Cristóbal, y bailó la espada en el aire-
Uno de los guepardos se fue hacía la Princesa
- ¡Detente! -gritó Cristóbal-
Y la Princesa montó al guepardo
- Son mis amantes -dijo la Princesa-
- ¿Qué?
- Está tonto
Dio dos pasos, hacia Cristóbal, el otro guepardo
- ¡Detente!
Dio dos pasos, hacia Cristóbal, el guepardo, con las fauces abiertas de par en par y el hambre saliendo de sus ojos
El espadón falló su golpe sobre el guepardo, más, alcanzó a Ceres, la cual fue a parar a los suelos, manando de ella un líquido rojo. Y sobre Cristóbal se presentaron los dientes del guepardo, y la sangre parecía llenarlo todo, que despertó Cristóbal sudando, temblando su cuerpo, estando todo en silencio.
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